lunes, 27 de mayo de 2013

Ángeles





Mi macuto de Barcelona, Bronce, 1990, 100x0,27 x0,12 cm. Castellvell del Camp.

Ángeles

Han pasado unos cuantos años desde que realicé las obras sobre los Ángeles; ahora descansan tristes en los estantes. Examino algunas anotaciones que hice sobre el barro y me asombro de las coincidencias, también me sonrojo de algunas expresiones; ¡qué tiempos más alocados y preciosos! Estos pensamientos y la edad me han movido a escribir algunos comentarios para la elaboración de una compilación moral que creo debo hacer; ¡ahora me propongo ordenar los papeles!

Las obras las siento activas y desprenden infinidad de señales que me resultan familiares, pero lo que ya ha pasado lejano está. No deseo describirlas ni sentir aquel tiempo como algo cercano, enganchado a mí, tan sólo intento dejar alguna anotación para que las motivaciones revoloteen entre ellas. Son reflexiones motivadas a partir de una idea y esta deseo formularla. En ocasiones las personas enrarecemos de manera misteriosa y cuando eso pasa lo irremediable cae sobre nosotros, entonces aparecen nubes agoreras ante los ojos, no se pueden sortear, no se pueden ignorar y hay que hacerles frente. De esta idea nace la serie: Ángeles o destilación de animales invisibles, pensamientos que me ayudaron a vislumbrar los misterios del pensamiento y el complejo trasiego de la vida. Ahora me propongo mantener fresca la memoria de aquellos días y favorecer el coraje para seguir en el trabajo hasta que el final llegue.

El grupo de obras que toman éste nombre son básicamente relieves en bronce, se trata de esculturas de formatos variados que se presentan frontales en la pared. Con el mismo nombre también hice acciones y de sus ejercicios se abrió un camino directo hacia el trabajo posterior, Las ocultaciones. La serie de los ángeles pertenece a un período expresivo, rico en descubrimientos conceptuales y técnicos y en cierto modo violento. Fue iniciada después de “Señales en la piel” y terminada al valorar como motivos estéticos los objetos de desecho, “Cultura de restos”. De hecho entre los ángeles ya se incorporan elementos y objetos populares; tetrabriks, alpargatas, bolsos, maletas, escobas, tejas, palos, etc. elementos que tomarán independencia simbólica posteriormente. Las series se han encadenado unas con otras y en cierta manera los conceptos han sobrevivido ocultos, como las muñecas rusas, fundidos también los unos dentro de los otros.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Tindaya

Proyecto a la tolerancia, Eduardo Chillida, Tindaya, Fuerteventura. 1993


Tindaya
La montaña nos habla con su voz justa, lo dice todo entre el siseo del aire, el perfil reseco del horizonte y la espesura del bosque; ¡no se equivoca nunca! Si fijas la mirada en uno de sus detalles sientes como la potencia de la piedra ha dejado disuelto un estampido en el lugar; la roca se ha abierto por la mitad y nos explica su pasado. Es así, con la voz pequeña suena fuerte y es la que sirve como regulador de escala y en ocasiones utilizamos para compararnos. Las dimensiones siempre son relativas: un hueco en la roca nos habla de como la gravedad del collado cae sobre nosotros y las fuerzas fuertes y débiles fluyen y nos comprimen el corazón...
Un momento gozoso es suficiente para colmar un deseo largamente presentido y cuando esto sucede todo queda bien pagado. Hiciste caminos intransitables, buscabas sin compensación alguna, escuchabas los clamores del silencio y al final escuchaste un murmullo revelador; ¡mereció la pena! En momentos así se comprenden cosas que parecen increíbles, imposible que lleguen a suceder pero suceden; aparecen entre las manos como soluciones clamorosas. La experiencia confirma que hay contenidos subyacentes que solo se pueden entrever con las herramientas de la intuición y esta sabe conectar y sacar conclusiones poéticas y brillantes. Una llamada intuitiva puede estar cargada de saber y a su vez disponer de todas las garantías de éxito. Eso es lo que pasó en Tindaya mucho antes de que Eduardo Chillida diseñara su “cubo de la tolerancia”. En épocas remotas, cientos de pies fueron cincelados en la roca y quedaron como huellas que miran el sol, como registros humanos que contemplan la eternidad

Las cuevas son lugares telúricos, espacios donde se concentra la gravedad de la piedra y el tiempo se comprime hasta desaparecer. En algunas se hace presente el silencio y se alimenta el ánimo de los ausentes, en otras la mente queda enajenada y pletórica de pasado. Pero en todas ellas se crea un estado inquieto que invita a la reflexión. En la ya citada del Garraf me hubiera gustado aplicar el ejemplo que utiliza David Bohn para dar marcha atrás a la máquina del tiempo y así desvelar la imagen del origen delante de los ojos. Solo pensar en esta posibilidad ya es un logro haberme encontrado con aquel hueco de invocaciones.

Pienso que el deseo por regresar al estado mineral es una atracción permanente; subir farallones, escalar abismos, entrar en los corredores subterráneos, alinear piedras y llenarlas de sentido es la respuesta a esa llamada. En ocasiones lo hacemos para sentirnos inmersos en la dimensión material y advertirnos enfocados por esa mirada. Desconozco las causas que hacen que esto sea así, seguramente es para comprendernos mejor localizándonos en lo tangible y concreto. Verse envuelto en piedra, sumergido en la avalancha de signos que reverberan en el espacio, es un encuentro extraordinario y poder experimentar y descifrar la situación en un instante es algo que sólo se puede sentir en contadas ocasiones y en lugares muy concretos.

Todo esto es parte del material del escultor y lo que reunió Eduardo Chillida en el proyecto de Tindaya; la montaña de piedra de Fuerteventura en Canarias. Un proyecto que no se realizará por exceso de celo y falta de convicción vital. La obra tenía todos los argumentos expuestos y podía haber representado un centro espiritual del mundo moderno. Una galería que desembocaba en una sala abierta al cielo y desplegada al horizonte. A la posibilidad de transitar la materia se unía la cavidad en la roca y la apertura a la luz del cielo. Hago mención especial el ascenso por el corredor hasta entrar en la cámara y también los tragaluces por donde entrarían los rayos del sol y el espejo de la luna. Aunque la encuentro sobre-dimensionada y el efecto de empequeñecimiento perderá su efectividad por la pureza de las formas y la pérdida de referentes, encuentro que también allí la comunicación con las fuerzas débiles serán directas, de piel a piel, de materia a materia. La mirada ya no será necesaria pues no habrá nada que mirar excepto la luz que se cuela y es motivo resplandeciente entre sombras. El olfato y los demás sentidos serán secundarios ya que no tendrán nada que anudar a excepción del hueco que deja la piedra y la compresión del lugar, gravedad de la montaña que se dejará sentir sobre los visitantes.

La cueva del Garraf no necesitó ingenieros, permisos ni promociones, la hicieron las manos del tiempo y allí estaba pletórica y esperando mi llegada cuando la encontré. De la experiencia conseguida alcanzo a comprender y aceptar el proyecto de Tindaya; sólo me sobran las dimensiones; Un cubo de 50x50x50 m. que tiene acceso por un corredor de 200 m. de longitud; ¡pienso que es demasiado, una "mega-inspiración que devora la obra"...! Me sumo a la realización si se hace con proporciones asumibles y humanas: 10x10x10 m. sería más ajustado y ya serían proporciones de espanto tratándose de que han de descubrir el corazón de la montaña.

Para manifestar mi complicidad añado variantes y requiebros imaginarios. En el centro del cubo realizaría un agujero para que absorbiera los susurros y los aullidos de dolor. Un hueco para que germinaran los gritos espantados desde el centro de la tierra y salieran pletóricos los lamentos por la galería subterránea. Serían ágiles plegarias que se remontarían hasta la luz del sol. Nube de restos exánimes que encontrarían su lugar y ahuyentarían a los curiosos.
Estas situaciones tienen connotaciones de tumba; el hipogeo es un corredor de difuntos y en la roca resultan vientres activos. Los pintores del paleolítico supieron ver la importancia de las cuevas, ellos fueron testigos de estas impresiones, su sensibilidad no tenia la necesidad de argumentar nada, solo dejarse ir en el secreto y plasmar la obra allí donde tenía que estar, donde encontraba sentido la observación de la realidad.
Las pinturas rupestres y todas las grandes escenografías que se han realizado para entrever el “tremendo espasmo del mundo” se han consumado bajo este poder. El hueco en la roca deja que los signos de la materia se expresen libremente; es materia ausente que habla y por ello tienen poder invocador. Un hueco en la roca es un gran espacio de reflexión, es un nicho socavado en la piedra que se hace lecho espiritual. Me decanto por la metafísica del lugar donde la gravedad de la materia se deja sentir y el hombre queda aislado del mundo exterior, lejos de los problemas cotidianos, de los escollos frecuentes y el temor permanente; así, entre los muros del monte queda unida, religada la gravedad del ser... 
 
El espacio creado en la Capilla Turkana es muy parecido; tambien en él el ser se siente diminuto, empequeñecido pero no humillado. La obra se hizo con manos humanas, con recursos limitados, con humildad y sin aparato mediático. Realizarla resultó el regalo de un tiempo jadeante y feliz. Aunque las motivaciones estaban definidas, fue una aventura incierta y ahora me complace más que ninguna otra obra, me justifica todo el trabajo y el dolor padecido. Ella sola me reconcilia con el mundo y me absuelve de mis insignificancias y de las ofensas cometidas. 

Como queda explicado en la cueva del Garraf, toda la trama emocional se puede encontrar en estado natural; no es necesaria la obra pero es de agradecer cuando alguien te enseña a mirar los matices del mundo. El espacio abierto en la roca es siempre un vacío que se presenta diáfano y queda misteriosamente paralizado. Es como una casa deshabitada donde han quedado los muebles impresos en la pared, intactas las cosas en sus ausencias, presentes en la libertad de los rincones. Lo acontecido siempre aparece como presencias fuera del tiempo y emociona contemplarlas. Todo en la quietud aguarda ser observado, sutilmente advertido, eternamente a la espera de que se inicie el extraño ciclo y con él empiece una nueva vida. En estas escenografías el tiempo queda suspendido en el aire, congelado en una parálisis térmica. Se puede pensar que son espacios que retienen y presentan la memoria del pasado; allí siempre nos atrapa el misterio del origen.

sábado, 18 de mayo de 2013

La cueva del Garraf

Cueva del Garraf. 1974

La cueva del Garraf
Meses después de la acción que realicé en el agujero-cueva que hallé junto a la carretera del Vendrell a Valls, tuve un encuentro sorprendente; fue algo tan extraordinario que me transformó profundamente, tanto que no he podido olvidar después de quasi 40 años.
La hallé por casualidad; seguía presentimientos activos y movía reflexiones sobre las cavidades, los espacios naturales, las ausencia y presencias de las cosas; ¡estaba entusiasmado! Buscaba estos escenarios para afianzarme es pesquisas que empezaba a descubrir y que fueron fundamentales en mi formación; la naturaleza fue mi biblioteca requerida y todavía hoy es mi base de operaciones. Caminaba por las montañas del Garraf y la encontré: ¡me estaba esperando! Era una cueva de buenas proporciones, bien iluminada y muy cerca de la cantera cuya imagen publiqué en este blog hace unos meses. Era un lugar dolido y descarnado; mirarlo hacía daño en la base de los sentidos, especialmente en los ojos. Estremecía verlo: la piedra la arrancaban de manera violenta dejando gigantescos socavones en la montaña. La extraían para fabricar cemento y por aquellos tortuosos caminos los camiones trajinaban sin cesar aquellas rocas heridas.
La cueva era un refugio natural que en aquella ocasión se usaba para resguardarse de las explosiones en las canteras. Cuando tenían lugar, las piedras caían del cielo como proyectiles, volaban con fuerza y arrancaban los árboles dejándolos destrozados y secos. Se trataba de un espacio proporcionado, abierto de forma natural que recordaba un Mitreo, un pequeño templo sin atributos aparentes. Al fondo, la roca había dejado unas placas con formas circulares y señales muy sugerentes. Todo el espacio era poseído por una magia especial, una luz vagabunda reverberaba por todas partes y producía un relieve suave y gris. El techo estaba formado por una losa de piedra consistente y limpia, era una pequeña parte de la veta que navegaba horizontalmente por toda la montaña. El suelo estaba formado del barro acumulado y pisado por el tiempo y proporcionaba una sensación limpia, orgánica y blanda. A los lados había algunas piedras planas y de medianas proporciones, alineadas y paralelas a los muros. El silencio de la montaña se dejaba caer con una densidad especial, como si el aire hablase entre los árboles o produjera un zumbido, un canto repetitivo que quedaba materializado en polvo, partículas que  también  terminaban convirtiéndose en roca. Como he dicho, el fondo de la cueva formaba un relieve suave que podía leerse perfectamente, como si el código que había impreso en la roca se pudiera traducir de forma directa e instantánea. Cada uno de los pequeños accidentes tenía su sentido, la textura de la pared cobraba un valor diferenciado y aunque el significado no quedaba claro, la necesidad de razonarlo era una provocación y a la postre todo era misteriosamente comprensible, todo estaba en su lugar con unas proporciones ajustadas. Fue entonces cuando tomé conciencia del lenguaje de la materia, de su manera de explicarse y caí en cuenta que todo tenía un sentido preciso y precioso, todo configuraba una muestra placentera de la unidad y allí estaba presente; ¡en aquel lugar se dejaba oir...!

Al principio la respiración era húmeda y la piel del cuerpo remarcaba más que nunca su cualidad de frontera, hacía de superficie sensible, como la de un tambor en descanso. Resultaba una membrana misteriosa que registraba y batía las presencias del lugar en aquel instante. Me sentía confundido, por un lado ajeno a aquella circunstancia que tenía el poder de despertar sentimientos, ideas y fantasmas en el pensamiento y por el otro, me gustaba sentir aquella paz llena de signos, era una calma que me invitaba a continuar sumergido en aquel estado en tránsito. En ocasiones miraba el lugar desde fuera, como si fuera un objeto que se puede contemplar en todas las direcciones. Lo observaba atentamente y en ocasiones lo miraba desde dentro, yo estaba y me sentía contenido en él, vivía el espacio con deleite y notaba una presencia que se unía a todo lo que ocultaba. En ese espacio había algo que transformaba los sentidos, los hacía voluptuosos, ágiles, vibrantes y perceptivos. El silencio se podía escuchar, los olores del aire se podían clasificar; fósforo, calcio, agua, hierro, cieno, hierbas secas… Recuerdo que en aquellos instantes el gusto desapareció, la punta de la lengua quedó paralizada, pegada al paladar y los ojos captaron la luz difusa de la roca; ¡era como un baño de eternidad! Todo el espacio quedó paralizado, como el escenario de un teatro que espera eternamente que se inicie la función, el tiempo no existía y a no ser por las piedras cuidadosamente alineadas, se podría pensar que yo era la primera persona que había entrado allí. Me sentía en un espacio sagrado, un lugar que retenía y presentaba los misterios del mundo, la ténue voz del origen. Los signos del tiempo se habían acumulado en aquel lugar hasta saturarlo y yo era un testimonio necesitado de aquella experiencia.
La vivencia de aquel espacio fue la muestra más clara de lo que Mircea Eliade define como hierofanía. Allí estaba impreso todo lo acontecido; era el libro de la eternidad y era presente algo más que la pura materia. Aquel lugar misterioso estaba saturado de señales, signos que desprendían significados imprecisos y quedaban disueltos en el aire. Su observación me transformó para siempre; poco a poco llegó a constituir el motivo que he perseguido en cuestiones estéticas. Aquello que encontré por azar siempre he deseado descubrirlo en la escultura...

lunes, 13 de mayo de 2013

El pozo de las vanidades

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El pozo de las vanidades
Pienso como los galápagos, entre zancadas torpes y lentamente… Hoy me tiemblan las manos y por temor a ofender a alguien matizo lo que escribo, aunque en esta ocasión deseo inquietar con la propuesta y remover conciencias en el fondo del pozo. Se que mis opiniones sirven de poco ya que no estoy en condiciones de afirmar nada, la vanidad también me ha mordido y no deseo salvarme solo. Soy escultor y probablemente con la obra busco la permanencia; ¡que pretensión! El hecho de hacer lo que hago en una período tan volátil ya me condena; me siento inculpado por acción y omisión, por lo tanto no entraré en las cajas de los hombres buenos…

Confieso que he trabajado sin descanso pero eso no me exime y para atender mis desvaríos he realizado El pozo de las vanidades; en él me acomodo con pesar y espero tiempos mejores. Entretanto me mimetizo en su boca como lo hace el camaleón ante las hojas verdes y cuando puedo salto a su alma vacía para depurarme; así me incluyo entre sus oscuros habitantes. Cegado por la luz impura de los días, cansado de esperar un poco de consuelo, me invisto de sombras y me ahogo en sus lodos lentamente. No puede ser de otra manera, soy fruto de esta época y también estoy contaminado hasta la médula. Disfruto de los perversos latidos de internet, estoy sumergido en el universo digital y observo el mundo desquiciado con cierta complicidad, esa es toda mi culpa, de lo contrario me habría ausentado hace tiempo. Me inculpo, ¡eso es todo! pero vivo en la perplejidad y oculto aullidos y susurros desesperados. Si dudáis de mis palabras reparad con atención como me ha ido la vida, ha sido dura, pero no dudéis de lo que sintáis delante del pozo de las vanidades. Es un abismo donde cabe precipitarse y está ahí por una razón primordial; nuestro mundo sufre un aturdimiento grave, se hunde con todos nosotros y lo hace por sobredosis de presunción...

Como muchos otros pienso que la sociedad actual ha colapsado, en casi todos los aspectos sociales está en crisis terminal; ¡vivimos días de ocaso! Le flaquean los huesos y eso afecta todo el sistema, repercute en la moral, la economía, la estética, las cuestiones sociales, la ética y hasta desfallecen las ganas de luchar. Ya no puede seguir con los mismos patrones de conducta y tiene que modificarlos todos. Mantener el ritmo que se ha establecido es un suicidio, es lanzarse en pleno al pozo de las vanidades y esperar a finiquitarlo todo en un instante. ¡Bien, allá abajo nos encontraremos!

Sabemos que los recursos son limitados, que el capital se ha hecho más depredador que nunca y el poder se ha convertido en un objetivo en si mismo; ¡no tiene solución y hay que empezar de nuevo! Ahora el sistema liberal no puede regularse así mismo, tiene metástasis y los sistemas de revisión y regulación han perdido el control; las reformas son paliativas para morir con el dolor calculado pero no son la solución.

Creo que hay muchas personas honestas que están trabajando como siempre, que su ejemplo no es visible y de ellos nacerán alternativas para el bienestar social. Su trabajo no llega a los medios ya que ahora lo que vende es la catarsis depuradora, se anhela el “entre peor mejor”. Los medios también sobreviven en la algarabía y empujan hacia el escándalo permanente. Son la voz del amo y lo reproducen y amplifican hasta la saciedad. Forman parte implícita de los grupos de poder; difaman, mienten, ensucian los veredictos y crean los eufemismos con los que se combate en la calle y se crea opinión y militancia. El parlamento ha desaparecido, ahora se hacen juicios públicos y pronto se hará necesaria la guillotina en las plazas; hay sed de “justicia”.

El pozo de las vanidades espera depurarnos lentamente; uno a uno iremos cayendo en su estómago, así hasta que nos trague a todos…

sábado, 11 de mayo de 2013

Atajos

Capilla turkana y autorretrato. 2003 La Comella.

Atajos

El hombre quiere ser inmortal y lucha contra el terrible rostro que le impone la naturaleza; teme el final del trayecto y se estremece al entregar la vida. Es así que el temor se encarna entre signos evidentes; la enfermedad, el fracaso, el dolor, la soledad, la derrota y la muerte lo acosan, lo provocan hasta irritarlo, entonces reacciona y no le queda otro remedio que aceptar los envites y convertirlos en gestos épicos. Ante este escenario tiene que ordenar la mente y recurre a los símbolos, las metáforas y todo el despliegue de los juegos de la creación; ellos se expresan “con oscura-claridad” en la obra. Son signos que tintan el pensamiento y como un dios menor iluminan la mente y le regalan la sensación de que la vida tiene sentido. Así ante los ojos se desvela una realidad nueva en la cual la muerte ya no existe, la escondemos detrás de la palabras de piedra; ¡con la obra conseguimos vencer al cuchillo del tiempo! Sorprendentemente amanece el valor en su alma, el coraje le llena el cuerpo de un impulso invencible y la esperanza aparece entre las cosas que hace. En ellas se muestra misterioso y alguna cosa lo anima cuando se siente transformador de la realidad, quizá demiurgo, o bien el mago que busca desvelar los secretos de la vida.
El hombre trabaja a un ritmo de producción diferente al que le ha asignado su condición animal es por ello que crea los atajos para llegar más lejos en menos tiempo. La ciencia y el arte son las herramientas intelectuales para llegar a la esencia de las cosas, así lo hace en un tiempo creado por él y revisado por él. Es más, él desea liberarse de su esclavitud de manera simbólica, desea regresar al paraíso por las abreviaciones y los atajos. Toda la historia de la humanidad esta motivada por las ventajas del atajo, y todos los inventos de la ciencia, la evolución tecnológica y las creaciones artísticas no tienen otro objetivo que la lucha contra el tiempo. Triunfar sobre él es esquivar el dolor y la muerte, triunfar sobre él es doblegar su poder absoluto y emular en todo lo posible el poder creador de la naturaleza; ¡queremos ser las hábiles manos de Dios! 

No hace falta aclarar que se trata de un desvarío, del cual salimos para caer en otro no menos conflictivo. Vivimos entre los sentidos, doblegados por las sensaciones, interferidos por las emociones y solamente podemos enfocar el mundo por un instante; ¡tan sólo por un instante! De esta realidad obtusa no despertamos nunca, de este sueño con perfiles de escultura de niebla, solo podemos sacar una conclusión: todo es incierto, revisable, hipotético, abierto, y generador de perplejidad. El arte es otra mirada más, otra puesta en escena de los destinos humanos. En algunos casos ni siquiera es eso, es el reflejo tibio de una vaguedad mental, un suspiro sin intención que se pierde en el fondo. Muchos de los intentos son lamentos perdidos que se marchitan en los estantes…

Los secretos que oculta el mundo, los misterios que regala, se hacen obra en el hecho de pensar y darles forma. Esclarecer aquello que miramos es una actividad siempre revisable, así cada generación ha de volver al principio e iniciarse en el olor de la tierra, beber las gotas de rocío y masticar los tallos tiernos. Tiene que ver y sentir como la luz se cuela entre las ramas, la humedad eleva el contraste, aumenta el brillo de las partículas en suspensión, se hace visible el aire, se encoge la noche en el hueco del pecho y se dilata el día con los clamores del sol; ¡todo, ha de repensarse todo!

El arte es un juego simbólico que imita lo divino, para ello pone en acción los saberes del ser humano y lo hace con la voluntad de testimoniar la “verdad”. La obra tiende a querer ser la expresión de lo verdadero fuera del marco de las circunstancias. Es un propósito sin reflexionar, crudo como lo es el flujo de la vida. En la acción manifiesta la voluntad de vivir con verdad, es sólo un intento y lo consigue en contadas ocasiones. La duda es el estado permanente y eso si que lo alcanza con facilidad. Es lo que estoy intentando hacer aquí para comunicar una idea, tengo que apuntalar los conceptos con todos los soportes a mi disposición. Lo hago por el atajo y me muevo como puedo para llegar hasta vosotros. Lo hago con la convicción y el deseo de esclarecer las incertidumbres que me acompañan.

sábado, 4 de mayo de 2013

El ser

9 Cajas para guardar testimonios de hombres buenos. Piedra arenisca de Osona. 110x080x085. 2013
El ser
La existencia es una quimera imprecisa, poliédrica y apasionante donde quedamos atrapados en un agujero, salimos de él para caer en otro del mismo tamaño; ese es el posible recorrido que nos regala la vida. Habituarse a él es conocer los señuelos del mundo y quizá prepararse para conocerse uno mismo. Desde ahí observamos, desde ese hueco contingente miramos y en ocasiones vemos alguna cosa y nos hacemos la pregunta sobre el ser. Es la única cuestión que tiene sentido preguntarse y es la que más cuesta formular ya que no tenemos referentes estables para mirarnos, no disponemos de la distancia apropiada para vernos, nos faltan experiencias y no podemos abarcarlas, ni podemos ampliar el ángulo de visión que tuvimos al salir por la ventana del asombro.
En el lenguaje coloquial el "yo soy" aparece como una realidad intangible que incorpora los sentidos pero no los especifica, al hacerlo ya esta haciendo un tratado dialéctico que enmascara la pregunta.
La verdad es que el ser se estremece en su agujero hasta la desesperación, de esta manera queda fuera del círculo mineral y prescinde de sus atributos materiales. En realidad se está buscando entre incertidumbres y en su ofuscamiento aparece como una vaguedad disuelta entre recuerdos, una sombra incierta que desmaya el pensamiento. El yo soy no explicita donde estoy; puede ser en la mente, en la glándula pineal, en el corazón o extendido por todo el cuerpo… Del lenguaje se deduce que estamos contenidos en la misma palabra, ella es la que nos señala y una vez nombrados, implícitos en el verbo, quedamos envueltos por la armadura biológica que soporta el alma y ahí encontramos al “sujeto”… Es entonces que se revela su espíritu en forma de palabras, vocablos que lo describen, gestos que lo identifican y acciones que lo presentan y es así como por el boquete sonoro aparece el periscopio del “sujeto”. Así se muestra entre los radiantes reflejos del concepto y desde allí actúa beligerante y cargado de razones; tantas que apabullan, se hacen impertinentes, crueles, déspotas, presuntuosas, etc. Lo que sons argumentos no le faltan, siempre aparece cargado de derechos, normas, mandatos, principios... pero sólo se trata de una percepción equívoca, él sólo puede ver la luz de su agujero y proyectarse en sus propósitos.  Entre sus demandas encontramos los motivos mentales que destilan sus observaciones, sus acciones y deseos; el sujeto queda explicitado entre sus súplicas y estas emergen permanentemente. Su imagen lo es todo para el propósito establecido, por ello la depila, la maquilla, la procesa con cirugía plástica y ahí queda su registro. Tenemos dispuesto al ser entre el público, queda conformado para ser visto por fuera pero su rostro queda oscuro e indefinido por dentro. Entre sus voces aparece el nombre y con él se identifica hasta convertirlo en una estrella rutilante. Así parece ser, el ser se dibuja entre las tres puertas ciegas de la identidad, el nombre, el rostro y el alma; en el espacio que forman estas entidades resuena una pregunta fundamental, un eco que vibra hasta atontarnos; ¿quienes somos?

En el ardid quedamos atrapados, somos hijos de una verdad espiritual que se desliza por la red, es un ser enmascarado que hace juicios en masa y condena sin cesar. Como un ángel anunciador se deja sentir de manera furtiva y vierte opiniones como lo estoy haciendo ahora. El nuestro es una sombra y se presenta ubicua, se cuela por los circuitos electrónicos y aparece en millones de pantallas a la vez, es un ángel que se destila entre nosotros y nos hace pregonar su voz. En ese medio ingrávido, el “yo soy” no explicita qué somos y menos aún cómo somos, no dice nada de las manos, pies, cabeza, tronco etc. El “yo soy” es un ente virtual, una presencia sin cuerpo o con él pero electrónico, hecho de dígitos obedientes que construyen un holograma del sujeto. Se trata de un "ente" presentido en la distancia que se excita y sufre como en Mátrix pero no es real, es una idea que se activa en el sistema digital y cobra independencia total del referente del cual ha surgido. Ahí el ser queda confundido con la red y forma parámetros de información bien o mal configurados, unidades que se reforman, se mantienen y retroalimentan continuamente.
En ocasiones nos vemos disueltos en el aire, somos existencias errantes prendidas en ideas puras y objetivadas en el espejo de los nombres y los verbos. No obstante afirmo que todo eso es ficción, en realidad somos entidades ubicadas en cajas materiales activadas biológicamente; el cuerpo y más concretamente el rostro. Toquemos la “realidad” por un instante, sin el rostro la existencia del yo sería imposible, el ser desaparecería detrás del nombre y sólo quedaría su palabra, la cual, al no tener rostro, emularía la voz de Dios...

¡Ya no tiene remedio! Nos hemos formado la idea de que podemos prescindir de aquello que somos: naturaleza que crea conciencia y cultura. El ser es un instrumento político que se lanza con una honda contra el alma cristalina del otro. Pero no siempre es así, en ocasiones habitamos entre suspiros, asomamos los ojos por los límites del horizonte y vemos algo más que lo que enseñan los medios y dictan los ventrílocuos del poder. Vemos con estupor como somos humillados al tratarnos como a niños, entonces constatamos el horror que provocan sus promesas y la herida tan profunda que abren sus palabras. De esta manera sufrimos la extenuación de la mente, el equívoco de las hipótesis, la esclavitud del tiempo, la humillación y enfermedad del cuerpo. El ser malvive dentro del desengaño total; es el espíritu de la “sociedad avanzada” que se marchita entre jadeos terminales.

A qué esperamos para la insurrección; revoquemos el sistema y proclamemos el regreso jubiloso a la tierra.
Vosotros la generación índigo sois la esperanza, dibujáis el perfil de los nuevos emigrantes y tenéis el caminar quebradizo como vuestros antepasados. Sois criaturas preciosas llamadas a trazar el devenir pero tenéis que hacer la pregunta desde el agujero que os ha tocado; ¿quienes sois?
Ahora grito con las manos en la boca haciendo de megáfono y al resonar la voz por valles y montañas os digo con los pulmones llenos de esperanza.
-Emparejaos con la fuerza natural, regresar a los campos, reconstruir la casa de los abuelos, tened hijos libres del cáncer y de pensamientos enfermos de rencor! Abrazaos al impulso de la vida y sentíos felices con el regalo del tiempo, tomad las dadivas de la tierra y bebed con placer el amable calor del sol…-

Ahora que lo veo lúcido y enmudezco por las causas que nos han llevado a la desolación; lo pienso tres veces y no encuentro a quién podemos reclamar los males cometidos… ¿dónde quedan los seres que anhelaban ser buenos?

¡Hay que seguir ocultando!

¡Aún somos lactantes!; niños de pecho cargados con rencores, ceñidos con bombas en la cintura, adornados con causas grandes, hermosas y justas.
 ¡Qué vamos a hacer ahora!
Agitada el alma con los cantos de cuna, anegadas las mejillas de lágrimas, la juventud se ha quedado ciega y su boca demanda el pezón de la madre para secarlo. Pienso que aún no están destetados y la hambruna es crónica, la maleta flaca, las distancias largas. Niños de sal con proclamas en la boca, con cuchillos en las manos y pistolas en la voz, hoy esperan el momento de la liberación. Son torres baldeadas que caen lentamente y al precipitarse se desmoronan en el vuelo. En ocasiones, en la caída libre dominan la gravedad y entonces aprenden a volar; ¡es un milagro que el ser se dibuje así! Después toman el aliento de otra verdad, excavan el suelo para encontrar lo inexplorado y al llegar a lo desconocido y pronunciar su nombre, sienten sus murmullos, sus quejas y plegarias, entonces llegan a considerar aquello como parte de sí mismos; …sentimos como ellos, estamos encarnados en la roca y vivimos anhelantes; ¡no todo está perdido…!

Más tarde tomaremos café, quizás el sol saldrá por el horizonte, ¡el yo desaparece entre nieblas o encendido como siempre!

miércoles, 1 de mayo de 2013

El engaño

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El engaño

En ocasiones pensamos que la naturaleza es sólo un concepto lejano, una sustancia molesta, peligrosa e impertinente que crece entre el verde. Que se trata de una realidad superable, una rémora del pasado que estamos en proceso de eliminar con los progresos de la ciencia; sus dependencias nos empujan. Cada vez más nos parece una circunstancia extraña, prescindible y controlada por nuestros artefactos, pero en realidad sabemos lo suficiente como para temerla ya que no tenemos el control de su poderosa voz e intuimos que los artilugios nos están traicionando en el cómputo general. Lo más significativo es que estamos envenenando el aire, el agua, la tierra… estamos haciendo de nuestra casa un albañal pestilente y para paliarlo hacemos manifiestos y nos agrupamos junto a los verdes que no han plantado una lechuga en toda su vida. Pero la naturaleza sigue ahí agonizante y tiene instrumentos poderosos para sobrevivir y lo hará. Sin enterarnos de sus latidos renqueantes, de sus murmullos y jadeos, esta maniobrando sutilmente para encontrar su lugar y con esta operación nos lleva lentamente hacia el ocaso. Ya estoy notando como se abre una sima insondable bajo mis pies; ¡es pavorosa! Sin decir nada actúa lentamente y la tierra, su tutora, está girando el destino para sobrevivir y probablemente prescindir de nosotros; ¡es muy probable que los humanos no tengamos cabida en su próximo proyecto!

En ocasiones pensamos que no podemos evitarlo, es lo que estoy haciendo ahora con esta visión ensombrecida. En otros contextos los argumentos se animan hasta el éxtasis y guiados por la ilusión concluyen que nos acercamos a una Icaria hipotética donde la felicidad y abundancia será el estado natural; aparece como el paraíso de antaño. Los adictos a la ilusión deducen que la evolución tecnológica nos llevará a sobrevivir en otros planetas, que las energías serán inagotables y que nuestra civilización se extenderá por el universo conquistando todas las herramientas de la creación...

Con la complicidad de las palabras quedamos sometidos entre la malla invisible del lenguaje, el engaño es nuestra herramienta de sustitución. Sumisos entre promesas y deseos, dóciles ante los sueños, mansos y manejables ante los beligerantes y poderosos, ¡fenecemos en el engaño! Quedamos enlazados a los miedos, encadenados al consumo, mutilados ante el trabajo, acomodados ante los señuelos del mundo moderno, prisioneros de las imposturas y cautivos por los delirios que hemos sembrado… Las palabras nos traicionan en la boca, antes de salir ya nos han engañado y después envenenan lentamente la tierra. Son ellas las que nos falsean, presentan y representan. Las campañas de salvamento son cánticos celestes que no consuelan el dolor acumulado ya que suenan como si fuésemos ajenos al mundo y él está ahí mortecino y anhelante.

Cuando digo “mis manos” ilumino una idea errada, presento algo que esta fuera de mi y no formo parte de ellas. Cuando decimos nuestro planeta lo poseemos como a una manzana, pero no nos sentimos responsables de él, implícitos en él, dolidos junto a él. En nuestra mente, en el lenguaje, lo podemos cercenar como una mano gangrenada. No nos sentimos partícipes de los ecosistemas que habitan en ella y la pensamos como algo exótico, inclusive ajeno a nuestra propia naturaleza.

Ya vasta de hablar, ya basta de voluntariosos que dan mil vueltas a la tierra para salvarla y lo que hacen es extender sus excrementos, ya basta de "proteger" el planeta, los hielos eternos y las selvas amazónicas firmando manifiestos. Hay que poner las manos en el barro, para hacer algo hay que volver los ojos a la tierra, sembrar los campos con respeto, limpiar los bosques, ordenar el patrimonio natural y hacerlo con humildad, con el anhelo debido para beber sus regalos. Tomar de ella una manzana, una sencilla cereza y hacerlo con amor…

Pienso que el pacto, la alianza, la forma del anillo y lo que ello conlleva es hoy más necesaria que nunca…